Opinión de Juan Sebastián Izquierdo

El amor desde Santo Tomás de Aquino

El amor, desde la tradición filosófica que privilegia a Santo Tomás de Aquino, se revela como una síntesis entre la naturaleza humana y la libertad racional. Tomás, heredero de Aristóteles y precursor de muchas ideas modernas, concibe el amor como un acto de la voluntad orientado por la razón hacia el bien verdadero del otro.

Para Santo Tomás, amar es “querer el bien para el otro” (Summa Theologiae, I-II, q. 26, a. 4). No se trata simplemente de sentir, sino de elegir. El amor es una virtud que se cultiva en el ámbito de la libertad, donde la voluntad, guiada por la razón, se dispone a buscar el bien del ser amado, incluso a costa del propio sacrificio.

La cita bíblica de Juan 15:13 —“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”— ilustra este amor como entrega voluntaria y consciente, no como reacción instintiva. En un ejemplo cotidiano, un padre que, por amor a su hijo, renuncia a sus propios deseos para dedicar tiempo
y recursos a su educación y bienestar. No lo hace por impulso, sino por una decisión sostenida en el tiempo, guiada por el reconocimiento del valor del otro.

Tomás reconoce que el ser humano experimenta emociones y afectos, pero distingue entre el amor sensible (pasiones) y el amor racional (voluntad). El primero es involuntario y responde a estímulos biológicos; el segundo es libre y moral, propio del animal racional. Las neurociencias modernas, como muestra el estudio de Hurlemann et al. (2010) en Psychoneuroendocrinology, explican cómo la oxitocina y otras hormonas generan sensaciones de apego y placer, pero estas reacciones no constituyen el amor en sentido pleno. Por ejemplo, el enamoramiento inicial, con sus emociones intensas y cambios hormonales, es una reacción natural. Sin embargo, elegir permanecer junto a alguien, construir una vida en común y sostener el compromiso ante las dificultades, es un acto de la voluntad racional. La grandeza del amor, según Santo Tomás, reside en su dimensión moral: es virtud porque implica libertad y responsabilidad.

El amor involuntario, por muy intenso que sea, pertenece al ámbito de la naturaleza y carece de valor ético. Solo el amor que se elige y se sostiene, que busca el bien del otro por decisión consciente, puede considerarse una operación del espíritu y una expresión de la dignidad humana.

En una situación hipotética, una persona siente atracción por alguien, pero elige no involucrarse porque sabe que esa relación podría dañar a terceros. Aquí, la voluntad racional prevalece sobre el impulso biológico, mostrando que el amor verdadero es siempre una elección. Privilegiando la visión tomista, el amor se entiende como una virtud que une la naturaleza sensible y la libertad racional. Es el acto por el cual el ser humano trasciende sus impulsos y elige, en conciencia, buscar el bien del otro.

Así, el amor se convierte en la expresión más alta de la libertad y la moralidad humanas, sin desmerecer las aportaciones de Aristóteles y Ayn Rand, pero reconociendo en Santo Tomás la síntesis más profunda entre razón, voluntad y naturaleza.

Opinión de Nicolás Sánchez Cominero

Vivir desde lo que eres

Antes de definir el amor, creo que hemos de reflexionar sobre qué buscan los individuos. Todos tenemos la opción y el poder de tomar distancia de todo lo que nos determina hoy, y de todo lo que hayamos aprendido a lo largo de nuestra historia.

Toda mente que esté sana, es capaz de mejorar y cambiar todas sus convicciones si quiere hacerlo y tiene voluntad de ello. Todos los límites que uno se quiere poner sobre cómo es él mismo, no son más que los límites
que se ha querido poner. Una persona no es así o asao intrínsecamente. Tú no eres de ninguna forma, en realidad, tú eres como quieres ser cada día. Todos podemos tomar distancia de cómo cada uno es hoy, y ser cada día, por la mañana, de la mejor forma que uno pueda ser. Me extraña profundamente que la gente no note y no ponga en duda esa incapacidad que, por desgracia, mostramos a diario.

Lo que uno es no depende de las circunstancias, sino de la coherencia interna con la que vive. Ser feliz, ser cortés o ser amable no son estados que fluctúan según lo que ocurra fuera, sino condiciones sine qua non de lo que uno es en esencia. No se trata de “tener” un momento en esos estados, sino de “ser” desde un estado de consciencia estable. Lo verdaderamente definitorio no es cómo reaccionas cuando todo acompaña, sino cómo permaneces cuando los estímulos agradables desaparecen o llegan las dificultades.

Si lo que eres se sostiene incluso en la adversidad, entonces es real; si no, era solo un reflejo pasajero del entorno. Hay que determinar lo que uno es, cada día cuando uno se levanta, y lo mejor de toda esta historia es que depende de uno mismo y no tiene nada que ver con el exterior. Es realmente complejo definir el amor porque no hay un consenso acerca de esto. La RAE tiene como objetivo dar significado a las palabras en base al uso que las personas le damos. Hay muchas palabras que tienen una definición original, en base a su significado en otros idiomas o a consensos profesionales de distintas áreas
(psicológicas, económicas, sociales, etc.) pero que la RAE elige otro significado porque aúna una forma más común de usar esa palabra.

Eso no significa que el significado de la RAE sea correcto o incorrecto, sino que se adapta al uso que le damos la personas. A día de hoy, la RAE entiende que hay distintos tipos de amor (de amistad, de pareja, de familia…) y en base a eso extrae muchas acepciones. Como digo, no existe un consenso único sobre su significado, pero la palabra amor, en sí misma, sin mayor contexto ni usos sociales o culturales, es un sentimiento de afecto, conexión y compromiso hacia otra persona, ser o causa, que se manifiesta en el deseo de su bien, la reciprocidad, el cuidado y la entrega.

Es un valor universal que puede incluir la intimidad, la pasión, la amistad, el respeto y la empatía, y se expresa a través de acciones, gestos y palabras. El amor no tiene nada que ver con el enamoramiento, que es un proceso químico de atracción a otra persona, que tenemos los seres humanos y muchos otros animales. Retrocediendo al concepto de vivir desde lo que uno “es”, y no de cómo uno “está” en un momento dado; vivir desde el amor parte de la misma lógica. El amor no es un recurso externo que alguien te concede, ni un objeto que recibes y que puede agotarse. Es un estado interior que se fabrica con tu forma de pensar, tu atención y tu modo de leer la vida.

Amar no significa depender de la presencia o la conducta de otro, sino decidir conscientemente situarte en ese estado y funcionar desde él. Por eso el amor no “se acaba” con dejar a una pareja o un desencuentro; lo que se acaba es el hábito de vincular ese sentimiento a una sola persona, como si fuese el depósito que lo sostiene. El amor auténtico está dentro y se manifiesta en todas tus relaciones (de amistad, de pareja o de desconocidos con los que uno se cruza), no porque los demás lo merezcan, sino porque tú funcionas mejor desde ahí. Vivir desde el amor implica aceptar a las personas como son, desearles bien aunque no encajen en tu camino y, llegado el caso, separarte sin resentimiento.

Es perfectamente razonable amar a todas las personas o seres que no te hayan hecho un mal objetivo (un mal que no depende de lo que tu mente fabrica, sino que desde el punto de vista del observador se pueda
demostrar, como una agresión). Nada tiene que ver con esto que esas personas tengan que ser necesariamente tus amigos o formen parte de tu círculo, puedes tratar a todo el mundo desde el amor y procurar su felicidad aunque no cumplan las condiciones para establecer una relación con esa persona.

Como matiz extra, no es lo mismo amar a una persona que quererla. Querer a alguien suele arraigar un sentimiento de pertenencia, que por definición indica que X quiere a Y para él (podría no ser exclusivamente, pero en todo
caso se incluye la pertenencia). El amor a otros, sin embargo, es procurar que otras personas sean felices por sí mismas, no que tú les des la felicidad.

Yo elijo vivir desde el amor, pero también desde la educación, la agradabilidad, el respeto social y la cortesía. Porque estas virtudes no son simples respuestas a lo que el ambiente ofrece, sino manifestaciones de lo que uno es de verdad.

Ser agradable no es fingir simpatía cuando conviene, sino decidir aportar buenos gestos a los demás en cada encuentro, incluso en lo pequeño, aunque no haya un retorno inmediato. Ser cortés no consiste en fórmulas vacías, sino en mantener la dignidad de uno mismo y de los demás, en sostener la elegancia de la convivencia aun cuando el entorno no acompañe. Ser respetuoso significa reconocer la libertad ajena, aceptar que cada persona es dueña de sí misma y tratarla en consecuencia.

Estas actitudes es cierto que se interpretan de forma subjetiva dentro de cada uno, pero yo vivo desde ellas en su sentido social (las definiciones técnicas que ofrece el diccionario sobre las mismas). Estas virtudes no las adopto porque el mundo me lo pida, sino porque yo decido ser así; porque en ese modo de estar en la vida encuentro coherencia con lo que soy y la manera en que quiero caminar.

Opinión de Iván Raja

La naturaleza del amor

En un chat de Macroeconomía, asignatura de Juan Ramón Rallo, Sebastián y yo terminamos discutiendo sobre qué es el amor y de lo que dijimos allí salen nuestros textos, porque los compañeros lo consideraron interesante. Sin los stickers y las risas quizá pierde parte de la esencia del momento, pero intentaré explicarme como bien pueda.

Quiero empezar diciendo que entiendo el enfoque tomista de Sebastián sobre el amor, la voluntad guiada por la razón y, entendiendo así, la virtud como buscar el bien del otro y eso convertido en un compromiso público que
desemboca en matrimonio. Nuestra obligación, según esa mirada, es convertir esa dopamina en compromiso a través del matrimonio. Y no puedo evitar verlo como si se tratara de un frío programa en ejecución donde solo el
marco de las “normas” marca lo que es correcto.

Sé que esas normas, para él, en cierto modo intentan “canalizar” nuestros actos incoherentes, donde parecemos esclavos de la dopamina. Pero es precisamente eso en lo que estoy en contra y discutí. Sebastián explicó, en
cierto modo, el amor como un artificio que surge de esa dopamina que solo sirve de excusa para justificar nuestros deseos, y no puedo estar más en contra. La pasión no es amor, aunque el amor implique pasión.

Coincido con él en que podemos ser víctimas de la dopamina y los impulsos terminen afectando nuestro juicio, y, como le expliqué, precisamente tengo experiencia en lo que es estar rodeado de esos estímulos. He crecido en Mallorca con escapadas a Ibiza habituales; literalmente, las islas Baleares concentran a millones de turistas en verano que vienen con ganas de ligar y sin ningún tipo de freno. Así que, sin ningún tipo de mérito, ligar con mujeres es, quizá, excesivamente sencillo. Así que, si el amor, como explicó Sebastián en el chat, fuese fruto solo de esas hormonas que nos provocan esa dopamina, yo debería haberme enamorado decenas y decenas de veces. Sin embargo, como le dije en el chat, solo me he enamorado una vez.

Enamorarme fue de las cosas que más me ha enseñado en la vida, y sobre todo me ha enseñado de mí mismo. Sientes un vínculo inexplicable, sagrado e irrompible, que escapa de la razón y el tiempo. El amor no es un subidón hormonal, sino la certeza de que algo existe y es mayor que yo; algo de lo que intenté huir con todas mis fuerzas hasta que me rendí, y persistió por muy fuerte que intentara romperlo. Sé que sonará cursi, en cierto modo lo es, es una relación espiritual.

Algo que ocurre en un milisegundo cuando cruzas por primera vez la mirada de la mujer que amas. Es como mirar al alma de la otra persona y conectar. Y aunque las dos partes creen máscaras, nada tapa el vínculo que se crea en ese momento. Esa magia, esa nueva dimensión que toma la vida, no puede ser fruto de la dopamina: es algo que se completa en nuestra alma. Independientemente de lo que pase con el amor, esa sensación es un despertar de nuestro ser que nada tiene que ver con un subidón de hormonas. Nuestra vida mejora simplemente por haberlo experimentado. Ahí la voluntad no crea el amor desde cero: lo reconoce y lo sirve. La razón no es fábrica de vínculos; es la luz para caminar mejor lo que ya existe entre dos personas concretas. Por eso no puedo estar más en contra de la visión de Sebastián, quedarse en la definición de Santo Tomás y simplificar todo eso a “querer el bien del otro” para encerrarlo en una especie de contrato llamado matrimonio pierde la esencia de lo que es el amor.

Como le dije en el chat, Sebastián le da más importancia al compromiso del matrimonio y a lo que implica ese matrimonio que a lo que debería ser esencial: la causa, su porqué. Desde su visión, solo al casarte podrías amar. Es decir, convierte el amor en un contrato, y hacer eso es precisamente dejar de hablar de amor. Es más: estoy seguro de que hay amores verdaderos que no pasan por el rito del matrimonio y parejas casadas que no han experimentado ni experimentarán lo que es el amor. Y con eso no quiero decir que el matrimonio sea algo negativo ni que, por supuesto, en el amor no haya que buscar el bien del otro. Pero creo que el matrimonio es solo el marco que protege el cuadro. Sin cuadro, el marco no tiene sentido. Y vivir una vida sin el cuadro del amor es como mirar la belleza del horizonte con los ojos cerrados: solo al abrirlos vemos su belleza y le damos sentido.

Por supuesto, el amor no es un camino de rosas. Solo podemos ver la luz si vemos la oscuridad, y el bien solo puede existir si existe el mal. Precisamente por esas relaciones de opuestos, solo cuando experimentamos lo que es el amor podemos ver lo que no es el amor. Y esa es la razón por la que revoluciona y cambia nuestra vida por completo.


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