El feminismo, entendido originalmente como la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, constituyó uno de los movimientos de transformación social más exitosos de los siglos XIX y XX. Su propósito era claro: remover los obstáculos legales y sociales que impedían a las mujeres participar en igualdad de condiciones dentro del espacio público. Estos obstáculos incluían tanto normas jurídicas explícitas como prácticas culturales que restringían el acceso de las mujeres a la educación, la propiedad, el trabajo o la vida política. Desde la reivindicación del sufragio femenino hasta el acceso a la educación y la autonomía civil, el feminismo clásico abanderó una causa profundamente liberal: la igualdad jurídica como requisito indispensable para la libertad individual y la responsabilidad personal. En efecto, su raíz filosófica se alineaba con los valores fundamentales del liberalismo. Así lo expresa John Stuart Mill en The Subjection of Women, al afirmar que “la subordinación legal de un sexo al otro es uno de los principales obstáculos al progreso humano” (Mill, 1995 , pág. 27).
Sin embargo, el recorrido histórico del feminismo no ha sido lineal. En las últimas décadas, el movimiento ha sufrido una transformación radical en sus formas, en sus métodos y, sobre todo, en sus objetivos. Lo que comenzó como una legítima lucha por la igualdad ante la ley ha sido progresivamente sustituido por un proyecto de ingeniería política e ideológica. El feminismo actual, institucionalizado (ello implica que las reivindicaciones feministas han sido absorbidas por estructuras estatales permanentes, convirtiéndose en políticas de Estado con burocracia propia y orientación ideológica) y cooptado por aparatos estatales, ya no persigue la emancipación del individuo, sino la imposición de un marco normativo basado en privilegios colectivos, victimismo estructural y conflicto entre sexos. El objetivo de este ensayo es, precisamente, contrastar el ideal liberal originario del feminismo con su mutación contemporánea, argumentando que esta deriva ha desnaturalizado su propósito emancipador y ha erosionado los fundamentos de justicia sobre los que se erigía.
Feminismo clásico: libertad, justicia e igualdad ante la ley
El feminismo liberal clásico emerge en el contexto ilustrado del siglo XVIII, con autoras como Mary Wollstonecraft, quien en Vindicación de los derechos de la mujer (1792) defendió que la exclusión de las mujeres del ámbito educativo y político carecía de justificación racional. No obstante, fue John Stuart Mill quien dotó al feminismo de un anclaje filosófico sistemático dentro del liberalismo. Mill sostiene que “la naturaleza femenina ha sido moldeada por la opresión y no por la libertad” (Mill, 1995 , pág. 32), y reclama una reforma legal que garantice a las mujeres su plena condición de ciudadanas.
La esencia del feminismo clásico radica en la igualdad formal ante la ley: hombres y mujeres deben estar sujetos a las mismas normas, derechos y deberes (la igualdad formal implica que todas las personas están sometidas a las mismas normas jurídicas, sin distinción por razones de sexo, raza u origen). El movimiento no aspiraba a consolidar un privilegio, sino a desmontar las barreras jurídicas que impedían a las mujeres competir en condiciones de equidad (un privilegio se entiende como una ventaja legal reconocida a un grupo sobre otros, lo cual contradice el principio de universalidad de la ley). El ideal era la autonomía individual, no la dependencia institucional; la libertad de elección, no la protección paternalista del Estado.
Descansaba sobre tres pilares fundamentales: libertad individual, igualdad jurídica y responsabilidad personal. No se postulaba pues, que el Estado debiese compensar con políticas especiales a uno u otro sexo. Muy por el contrario, se pedía que dejara de interferir, que se retirara de una posición de arbitraje moral y permitiera a los individuos desarrollar sus propios proyectos vitales. El feminismo liberal clásico no luchaba por la tutela, sino por la emancipación.
Los logros del feminismo liberal
Bajo esta concepción, el feminismo impulsó reformas fundamentales: el reconocimiento del sufragio femenino, el acceso a la educación superior, la plena capacidad jurídica de la mujer casada (en muchos países, las mujeres casadas carecían de plena capacidad jurídica para administrar bienes, firmar contratos o ejercer derechos civiles sin autorización del esposo) y su incorporación al mercado laboral en condiciones de igualdad formal. Estos avances no sólo beneficiaron a las mujeres, sino que fortalecieron el marco institucional de las democracias liberales. Consolidaron el principio de igualdad de oportunidades y reafirmaron el mérito como criterio de valoración social.
Según Christina Hoff Sommers, “el feminismo de la equidad fue un movimiento racional que apeló a los principios ilustrados de justicia y derechos individuales” (Sommers, 1994, pág. 22). Fue un feminismo que promovía la inclusión sin sacrificar la universalidad del derecho. No necesitaba construir a la mujer como víctima, ni al hombre como opresor estructural. Simplemente demandaba que se eliminaran los obstáculos legales que impedían a las mujeres competir y decidir en libertad.
Este enfoque no sólo era justo, sino coherente con la filosofía liberal de la cual brotaba. Como subraya Wendy McElroy, “el feminismo original no pedía que el Estado hiciera justicia por las mujeres, sino que dejara de impedírsela” (McElroy, 1995, pág. 14). La mujer era concebida como un sujeto moral autónomo, responsable de sus actos, y no como una identidad frágil necesitada de tutela estatal permanente.
El surgimiento del feminismo institucionalizado
Desde los años 90, con la llamada “tercera ola” y su prolongación en la “cuarta ola” del siglo XXI, el feminismo ha tomado un rumbo marcadamente distinto. La igualdad ante la ley ha sido reemplazada por demandas de intervención estatal para corregir supuestas asimetrías estructurales. El nuevo paradigma abandona el enfoque universalista y liberal, y adopta una lógica identitaria basada en la redistribución simbólica y material del poder. Según Camille Paglia, “el feminismo contemporáneo se ha aliado con el Estado para sustituir la autonomía individual por una tutela permanente” (Paglia, 1992, pág. 51).
La interseccionalidad, convertida hoy en piedra angular del feminismo institucional, fragmenta la noción de ciudadanía en identidades múltiples y competitivas, cada una reclamando reconocimiento especial en función de su experiencia subjetiva de opresión (esta fragmentación dificulta la construcción de un marco jurídico común, al priorizar el reconocimiento de identidades por encima de la igualdad universal ante la ley). Esta lógica victimista reconfigura el papel del Estado: de garante de igualdad de derechos a proveedor de privilegios compensatorios.
En este marco, la mujer deja de ser considerada igual ante el varón y pasa a ser definida como un sujeto vulnerable, cuya protección exige un aparato normativo específico (este aparato normativo se traduce en leyes que tratan de forma distinta a hombres y mujeres, justificando la desigualdad legal en nombre de una supuesta corrección estructural). Se rompen así los principios liberales de neutralidad jurídica, presunción de inocencia y no discriminación. El feminismo institucionalizado no busca ya la equiparación de derechos, sino la reestructuración del poder por medio del intervencionismo estatal.
A esta transformación ideológica le acompaña un proceso de institucionalización burocrática. El feminismo se convierte en un engranaje más de la maquinaria estatal: ministerios específicos, cuotas obligatorias, financiación pública para asociaciones afines, imposición de planes de igualdad en empresas privadas, control del lenguaje en medios de comunicación y programas escolares (estos planes suelen exigir medidas de contratación, promoción o formación basadas en criterios de género, independientemente del mérito o la situación real de la empresa). Como advierte Axel Kaiser, “el feminismo ha sido cooptado como parte de la maquinaria de ingeniería social que opera desde el Estado para moldear las conciencias y reorganizar la cultura” (Kaiser, 2021, pág. 104).
Críticas liberales al feminismo contemporáneo
Desde la perspectiva liberal, esta evolución supone una traición a los principios que le dieron origen. El feminismo institucionalizado no sólo exige trato especial, sino que deposita en el Estado el poder de mediar y regular las relaciones entre los sexos. Hoff Sommers lo expresa con claridad: “Ha reemplazado la lógica y la evidencia con la ideología y el resentimiento” (Sommers, 1994, pág. 34).
Las legislaciones actuales, que incluyen la inversión de la carga de la prueba en delitos de violencia de género, la imposición de cuotas en candidaturas políticas o la financiación de asociaciones de corte ideológico, representan una deriva peligrosamente iliberal. Aunque se presentan como medidas de justicia correctiva, en realidad introducen nuevas formas de discriminación legal y debilitan garantías básicas del Estado de derecho (estas garantías incluyen la igualdad ante la ley, la presunción de inocencia y la imparcialidad judicial, principios esenciales para cualquier sistema jurídico liberal). Tal como advierte McElroy, “la justicia no puede construirse sobre la base de privilegios ni de categorías especiales” (McElroy, 1995, pág. 48).
Además, el feminismo institucionalizado actúa como policía del lenguaje y del pensamiento (esta expresión alude a mecanismos sociales o legales que vigilan el discurso público, penalizando opiniones divergentes bajo acusaciones de discriminación u odio). A través del lenguaje inclusivo obligatorio, la censura de opiniones críticas y la constante expansión del concepto de discurso de odio, se configura un entorno hostil a la libertad de expresión. Paglia califica esta tendencia como “una forma de neo-victorianismo aliada con la corrección política más autoritaria” (Paglia, 1992, pág. 66).
Frente a este panorama, la alternativa liberal consiste en recuperar la tradición del feminismo individualista. Un feminismo que no dependa del poder estatal ni promueva el enfrentamiento entre sexos, sino que se limite a defender un marco jurídico común donde cada persona —sin importar su sexo— pueda ejercer su libertad, asumir su responsabilidad y desarrollar su proyecto de vida (el “proyecto de vida” hace referencia a la posibilidad de que cada individuo, sin distinción, diseñe su trayectoria vital sin coerciones externas arbitrarias).
Conclusión
El feminismo nació como una causa legítima de emancipación basada en los principios liberales de libertad, igualdad y responsabilidad. Durante décadas, contribuyó a desmontar estructuras jurídicas injustas y a ampliar los márgenes de autonomía de las mujeres. Sin embargo, su versión contemporánea, institucionalizada y estatista, ha sustituido esa aspiración de igualdad por una lógica de privilegio, victimismo y control social (esta lógica se basa en la idea de que ciertos grupos deben recibir un trato preferente del Estado como forma de reparación o protección permanente).
La crítica liberal no pretende negar la existencia de desigualdades ni minimizar los logros históricos del feminismo. Más bien, propone recuperar su mejor tradición: la de un feminismo racional, universalista e individualista, que no exija protección estatal ni privilegios normativos, sino que reclame libertad y justicia en igualdad de condiciones. Porque una sociedad verdaderamente libre no es aquella que privilegia a unos sobre otros en nombre de la igualdad, sino aquella que garantiza a todos el mismo derecho a vivir sin interferencias. El feminismo debe ser una causa de todos, no una herramienta de algunos.
Bibliografía
Kaiser, A. (2021). La neo-inquisición: Persecución, censura y decadencia cultural. Deusto.
McElroy, W. (1995). XXX: A Woman’s Right to Pornography. St. Martin’s Press.
Mill, J. S. (1995 ). The Subjection of Women. Dover Publications. Obra original publicada en 1869.
Paglia, C. (1992). Sexual Personae: Art and Decadence from Nefertiti to Emily Dickinson. Vintage Books.
Sommers, C. H. (1994). Who Stole Feminism? How Women Have Betrayed Women. Simon & Schuster.
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