Cerrar un número dedicado a Murray Rothbard no es sencillo. No lo es porque Rothbard no fue solo un economista, ni solo un filósofo político, ni solo uno de los autores más importantes de la Escuela Austriaca. Rothbard fue, sobre todo, una forma radical de mirar el poder. Una forma incómoda, intensa y muchas veces hasta desbordante de hacerse una pregunta que casi nadie quiere formular: ¿con qué derecho?

¿Con qué derecho puede alguien imponer a otro adulto pacífico cómo debe vivir? ¿Con qué derecho puede una institución atribuirse un monopolio sobre la violencia, la moneda, la educación, la justicia o incluso las ideas? ¿Con qué derecho aceptamos como natural una coacción que, si no llevara el sello del Estado, nos parecería moralmente inadmisible?

Esa es, para mí, la gran fuerza de Rothbard. No tanto que nos diera una respuesta perfecta para cada problema, sino que nos obligó a dejar de mirar la coacción como si fuera parte inevitable del paisaje. Donde muchos veían administración, él veía poder. Donde muchos veían consenso, él preguntaba si realmente había consentimiento. Donde muchos veían instituciones necesarias, él nos obligaba a justificar cada una de ellas desde la raíz. Y eso, para quienes amamos la libertad, tiene un valor incalculable.

En las páginas anteriores hemos visto a un Rothbard poliédrico: el pensador radical, el divulgador incansable, el crítico del Estado, el autor útil para leer la cultura, la tecnología, la propiedad intelectual y también sus propios límites. Y quizá por eso este cierre no debería ser una conclusión cerrada, sino una invitación a seguir pensando.

Yo admiro profundamente a Rothbard. De hecho, en lo filosófico me defino como anarcocapitalista porque creo que su ideal moral es uno de los horizontes más limpios desde los que pensar la libertad: nadie debería iniciar la coacción contra otro, nadie debería tener un privilegio moral para imponer su voluntad sobre personas pacíficas, nadie debería convertir su idea de bien en una jaula para los demás. Esa intuición me parece poderosa, extremadamente hermosa y difícil de abandonar una vez se comprende de verdad.

Pero admirar a Rothbard no exige dejar de pensar. Y aquí es donde las críticas al propio rothbardianismo me parecen especialmente valiosas. Porque sí, hay sombras. Hay excesos. Hay momentos en los que cierta tradición rothbardiana puede caer en la tentación del dogma, en la seguridad excesiva de quien cree que una deducción impecable basta para resolver la complejidad del mundo. Hay una tendencia, en algunos círculos, a dividirlo todo entre blanco y negro, puro e impuro, libertad y esclavitud, como si la realidad no estuviera llena de zonas intermedias, tensiones, instituciones imperfectas y problemas que no se dejan encerrar tan fácilmente en una fórmula.

Y reconocer eso no es abandonar Rothbard. Al contrario. Es tomárselo más en serio.

Porque la luz solo se entiende cuando también vemos la sombra. Una luz sin sombra no ilumina la realidad, la aplana. La convierte en una silueta bonita, pero profundamente incompleta y artificial. Algo parecido ocurre con las ideas. Si solo usamos a Rothbard para confirmar lo que ya creemos, lo empequeñecemos. Si lo convertimos en una respuesta automática para todo, dejamos de estar pensando con él y empezamos simplemente a repetirlo.

Por eso creo que la mejor forma de honrar su legado no es negar sus problemas, sino atravesarlos. Podemos admirar su radicalidad moral y, al mismo tiempo, aceptar que la sociedad no es una maqueta que podamos rediseñar desde una sola teoría. Podemos tener a Rothbard como brújula filosófica y a Hayek como advertencia práctica. Podemos desear un ideal de libertad plena y, al mismo tiempo, reconocer que el conocimiento está disperso, que las instituciones importan, que los procesos de transición son complejos y que no siempre sabemos resolver todos los problemas que nuestra propia teoría nos obliga a formular.

Eso no significa caer en la tibieza. Significa distinguir entre tener principios y creer que ya no necesitamos pensar. Los principios son la brújula, pero no siempre son el mapa completo. Sin brújula, por supuesto, nos perdemos, pero sin mapa podemos acabar confundiendo la dirección correcta con cualquier camino, ignorando montañas, precipicios e instituciones que no entendimos antes de querer derribarlas. Y cuando eso ocurre, incluso una idea verdadera puede terminar convertida en una mala guía para la acción.

Porque tampoco hay verdadera libertad intelectual en abandonar un rebaño solo para terminar siguiendo otro. La oveja que se aparta de los demás porque no quiere caminar sin pensar, pero acaba dejándose arrastrar por otro grupo sin preguntarse hacia dónde va, no se ha emancipado: solo ha cambiado de mano. Y una tradición que nace para cuestionar el poder no debería convertirse en otra forma de obediencia disfrazada de rebeldía.

Rothbard nos dejó una brújula moral difícil de ignorar. Nos enseñó a sospechar del poder, a no aceptar la coacción como algo natural, a mirar al Estado no como un padre moral, sino como una institución que debe ser cuestionada en cada una de sus pretensiones. Y aunque uno no comparta todas sus conclusiones, aunque sea minarquista, liberal clásico, hayekiano, conservador liberal o incluso crítico con parte de su sistema, es difícil salir intacto después de leerlo. Rothbard te obliga a tomar postura. Te empuja. Te incomoda. Te fuerza a preguntarte cuánto Estado estás dispuesto a justificar y por qué.

Quizá ahí esté su legado más profundo. No en haber creado discípulos idénticos, sino en haber encendido discusiones que siguen vivas cien años después de su nacimiento. No en haber cerrado todos los debates, sino en haber abierto algunos de los más importantes. No en habernos dado una iglesia, ni una ortodoxia desde la que repartir carnés de pureza liberal, sino en habernos dejado una llama. Y las llamas no se conservan encerrándolas en una vitrina: se mantienen vivas alimentándolas, discutiéndolas y evitando que se conviertan en ceniza dogmática.

Y esa llama, con todas sus luces y sombras, sigue ardiendo.

Más allá de nuestras diferencias internas —entre anarcocapitalistas, minarquistas, hayekianos, rothbardianos más puros o liberales de otras tradiciones— hay algo que deberíamos agradecer. Rothbard ayudó a que muchos de nosotros no solo pensáramos la libertad, sino que la amáramos. Y amar la libertad no es repetir consignas. Es defenderla incluso cuando incomoda, incluso cuando exige matices, incluso cuando nos obliga a discutir con nuestros amigos, con nuestros maestros y con nosotros mismos.

Porque la libertad no es una palabra bonita para decorar discursos. Es la posibilidad real de que cada persona pueda vivir su vida sin pedir permiso, mientras respete la vida de los demás. Es la dignidad de no ser tratado como propiedad de otro. Es la convicción de que ningún poder debería estar por encima del individuo sin una justificación moral extremadamente seria.

Rothbard no fue perfecto. Ningún autor importante lo es. Pero quizá precisamente por eso es tan necesario. Porque sus aciertos iluminan y sus errores nos obligan a pensar mejor. Porque su radicalidad nos despierta y sus sombras nos recuerdan que incluso las ideas brillantes deben pasar por el juicio de la razón, la experiencia y la humildad.

Al final, puede que el mayor homenaje que podamos hacerle no sea estar de acuerdo con él en todo. Quizá el mayor homenaje sea seguir haciendo lo que él hizo durante toda su vida: discutir sin miedo, pensar desde la raíz y no rendirnos jamás ante la idea de que la libertad es una causa perdida.

Mientras haya personas dispuestas a hacerse esa pregunta, ¿con qué derecho?, Rothbard seguirá vivo.

Y mientras esa pregunta siga viva, también lo estará la libertad.


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