Cuanto más tiempo pasamos dentro del entorno libertario, más evidente resulta que aquí conviven algunas de las personas intelectualmente más brillantes, obsesivas e incómodas del panorama político. Después de mucho tiempo leyendo, debatiendo y conviviendo con austriacos, rothbardianos, hoppeanos, minarquistas y demás criaturas doctrinales, terminamos desarrollando la sensación de estar viviendo dentro de un seminario filosófico permanente. 

Murray Rothbard no nos dejó solo una teoría económica o una defensa radical del libre mercado. Nos dejó una forma completa de entender el poder, el Derecho, el Estado y la libertad. El problema es que también dejó suficientes ideas, matices y posibles contradicciones como para que generaciones enteras de libertarios llevemos décadas discutiendo sobre qué habría pensado realmente Rothbard acerca de prácticamente cualquier tema imaginable.

Dentro de esta gran carpa liberal conviven múltiples tribus. Los minarquistas, más recatados, creen que el Estado debe limitarse a defender la propiedad y el orden; son vistos por otros como los socialdemócratas de la familia. Los anarcocapitalistas, como buenos puristas, llevan la desconfianza institucional hasta sus últimas consecuencias. Privatizarían hasta las puestas de sol. Si el Estado desaparece, se quejarían porque aún quedaría su recuerdo. Están los paleolibertarios, quienes, además de defender el libre mercado, quieren imponer el rosario como moneda de cambio moral. Los más peculiares son los multietiquetados, definidos como liberal-libertario-minarquista-ancap-hoppeano, y que probablemente se auto contradicen antes de terminar su tarjeta de visita. Y luego estamos los anarquistas filosóficos, que probablemente seamos el invento más raro de todo el ecosistema libertario. Básicamente defendemos que el Estado es ilegítimo… pero de forma filosófica. Algo parecido a un abolicionista de la esclavitud diciendo que, efectivamente, la esclavitud está mal, aunque de momento tampoco hace falta ponerse nerviosos.

Aún con todo esto, todos nosotros somos capaces de afirmar que el Estado es una estructura moralmente indefendible mientras hacemos la declaración de la renta y usamos carreteras públicas para ir a congresos libertarios donde discutimos durante siete horas si usar esas carreteras nos convierte técnicamente en socialdemócratas. De forma constante surgen debates entre nosotros, el más reciente ha sido protagonizado por hoppeanos y mileístas. Por un lado, la escuela conservadora-hoppeana desconfía profundamente de la exposición mediática, del “populismo libertario”, del peinado de Milei, de su tibieza, y de todo lo que huela a espectáculo. Por el otro, mileístas eufóricos acusan a los hoppeanos de no haber movido un dedo útil por la libertad en décadas. La discusión ha degenerado en insultos abiertos y publicaciones cruzadas.

Y es justo ahí cuando uno empieza a preguntarse qué ocurriría si todos nosotros, incapaces de ponernos de acuerdo ni en Twitter, tuviéramos de repente la oportunidad de construir nuestra sociedad ideal desde cero. Si un grupo de millonarios cansados del socialismo global deciden regalar a los defensores de la Escuela Austriaca una isla entera para que fundemos nuestra sociedad ideal el resultado sería curioso cuanto menos. 

Probablemente, lo primero que intentaríamos fundar no sería un hospital, ni un sistema de agua potable, sino un sistema judicial privado. Cada uno crearía su propia agencia: Justicia Libre, Leyes Praxeológicas, Defensa Rothbardiana de Terceros y Justicia Patriótica Hoppeana. En apenas tres días hay quince agencias compitiendo, y las sentencias no son reconocidas mutuamente. Se celebran más juicios que cenas. La moneda oficial debería ser oro, pero como algunos proponen el patrón plata, otros Bitcoin, y otros Ethereum tokenizado con base en activos tangibles emitidos desde Zúrich, se crea un mercado paralelo donde los precios deben rotularse en cinco unidades diferentes. Una tienda vende huevos a 0,0000038 BTC, 0,0026 gramos de oro, 2 PEA (Praxeo Exchange Asset), o “el equivalente en horas de lectura de Böhm-Bawerk”. Nadie compra nada, algunos proponen volver al trueque, pero otros lo rechazan por ser “protoestatista”. 

Uno ve aquel despropósito jurídico-monetario, y se queda de pasta de boniato. Se empieza a cuestionar si todas esas posturas que llevaba años defendiendo servían realmente para algo, o solo para calcar el apetito intelectual de cuatro frikis con lecturas selectivas y alergia al consenso.

Y entonces uno entiende algo, y es que la Escuela Austriaca no es una solución perfecta, sino una lucha constante por no rendirse ante lo fácil. Convivir entre austriacos es duro, pero preferible a vivir bajo la comodidad del pensamiento impuesto. En medio de esta cacofonía doctrinal, hay un fondo de verdad que resiste a dentelladas, y que debe aceptar las críticas desde aquellos economistas que forman parte de la Escuela Austriaca de economía, y de aquellos que la critican desde fuera. Porque entre tantas exageraciones, se encuentran las ideas que nos cambiaron la forma de pensar. 

Es cierto que a veces nos pasamos tres pueblos y media comarca, pero preferiría mil veces equivocarme con los que se toman en serio las ideas, que acertar con quienes se toman en serio solo a sí mismos. Al final, vivir entre los austriacos no es solo una experiencia teórica, sino una forma de vida intensa, caótica, discutidora y agotadora, pero también extraordinariamente humana. Por eso, por muy agotador que resulte, yo me quedo. Porque si alguna vez se pierde la guerra de las ideas, quiero saber que estuve del lado de los que, incluso entre peleas, nunca dejaron de pensar y creer que la libertad merece ser defendida.


Los contenidos publicados no representan comunicaciones oficiales de la universidad ni han sido sometidos a revisión académica formal. Cada artículo refleja únicamente la opinión o el trabajo de sus autores, en el marco de un proyecto abierto, dinámico y plural impulsado por y para los alumnos.