En el imaginario progresista, el conservadurismo suele despacharse como un residuo inmovilista del pasado. Sin embargo, como bien ha señalado Gregorio Luri, el conservador no es alguien que renuncia a ser moderno, sino alguien que se niega a ser solo moderno. Esta distinción es crucial para entender la metamorfosis de una corriente que, nacida como reacción a la Revolución Francesa de 1789, se enfrenta hoy a un desafío existencial: cómo preservar la escala humana, la familia, la comunidad y la tradición en medio de un siglo marcado por la hegemonía tecnológica y la desintegración de los vínculos sociales.

El dilema fundacional: ¿Prudencia o Decisión?

La identidad conservadora se debate históricamente entre dos visiones. Por un lado, el gradualismo de Edmund Burke, quien veía en la sociedad un contrato orgánico entre los muertos, los vivos y los que aún no han nacido. Para Burke, la sabiduría acumulada en las tradiciones es siempre superior a las abstracciones racionalistas que pretenden reinventar la naturaleza humana. Por otro lado, la vertiente decisionista de Juan Donoso Cortés advierte que, en momentos de crisis terminal, la legalidad no basta; ante la dictadura de la anarquía, el pensador español postulaba la necesidad de la autoridad moral y política.

Esta tensión se refleja hoy en la fractura entre el institucionalismo moderado y el nuevo "nacional-conservadurismo". Mientras que el conservadurismo del siglo XX se forjó en el "fusionismo”, una alianza entre el libre mercado y los valores tradicionales, el siglo XXI está presenciando el fin de ese idilio. El ascenso del movimiento MAGA en Estados Unidos y el giro de partidos como Vox en España sugieren que el nuevo conservador ya no confía en el mercado ciego, sino que demanda un Estado proactivo capaz de defender la identidad nacional frente a la globalización.

Uno de los aportes más interesantes en este sentido, proviene de Dalmacio Negro Pavón, quien denuncia la transformación de las democracias en "Estados Providencia" tiranizados por la burocracia. Según Negro, este sistema ha convertido al ciudadano en un idiotés, un ser apolítico que delega su responsabilidad personal en una administración omnipresente que anula el sentido común y la moralidad colectiva o ethos. Lo que implica mas que una aparente representación de la voluntad del individuo.

Esta "desfundamentación de la realidad" es una batalla por el lenguaje. Los conservadores denuncian que conceptos como "libertad" o "derechos" han sido secuestrados por ideologías que buscan deconstruir la condición humana. Frente a esto, la propuesta de Luri de recuperar la Politeia, la naturaleza comunitaria del hombre se presenta como un "cauterio" necesario para restaurar la confianza en lo que nos une por encima de las políticas de identidad.

El invierno demográfico y la "Oikophilia"

El conservadurismo contemporáneo ha identificado que el colapso de la natalidad es una amenaza más grave que cualquier crisis financiera. El modelo de Hungría, que destina el 5% de su PIB a políticas Profamilia (como exenciones de IRPF de por vida para madres de cuatro hijos), se ha convertido en el faro del nuevo nacional-conservadurismo. Aunque su eficacia estadística es debatida, el mensaje político es nítido: la supervivencia de la nación depende de la estabilidad del hogar tradicional.

En este mismo sentido, el conservadurismo ha reclamado una visión ambiental propia alejada del activismo globalista. Roger Scruton acuñó el término "Oikophilia" (amor al hogar) para defender que la protección del planeta debe nacer del apego local y no de mandatos burocráticos internacionales. Cuidamos lo que amamos, y amamos lo que nos es familiar; por ello, una verdadera ecología conservadora defiende la propiedad privada y las comunidades locales como los mejores custodios del entorno.

El desafío final: La Inteligencia Artificial

Finalmente, la irrupción de la Inteligencia Artificial plantea un reto antropológico inédito. Las encuestas de 2025 muestran una profunda desconfianza: el 53% de los ciudadanos teme que la IA degrade la creatividad humana y el 50% cree que dañará nuestra capacidad para formar relaciones significativas. Para el conservador, el riesgo no es solo el sesgo ideológico o "IA Woke", sino la erosión de la excelencia humana y del esfuerzo personal. Si delegamos nuestro pensamiento y nuestras decisiones en algoritmos, perdemos esa "conducta prudente" que Oakeshott consideraba la esencia de la vida política.

Por tanto, el conservadurismo del siglo XXI no es una doctrina de la nostalgia, sino una respuesta de realismo político ante la fragmentación global. Su vigencia reside en su capacidad para ofrecer un ancla en un mundo de incertidumbre tecnológica y demográfica. Frente a la "sociedad terapéutica" que promete expectativas infinitas, el conservadurismo recuerda los límites de la naturaleza y la importancia de las instituciones intermedias. En última instancia, ser conservador hoy significa defender la libertad como un "depósito sagrado" que debe ser transmitido, asegurando que el progreso, si ha de serlo, sea verdaderamente humano.


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