¿Debe el Estado actuar como una empresa? Una pregunta que puede surgir en  el ámbito cotidiano, pero una respuesta acertada muchas veces no  está al alcance de cualquier persona, debido a que se adentra  necesariamente en un profundo análisis de la teoría económica para  revelar y sustentar contradicciones que subyacen en esta pregunta en  caso de ser un enunciado que afirme. Naturalmente, es difícil observar  las fallas intuitivamente en la equiparación entre empresa y Estado, ya  que en mayor o menor grado todos acostumbramos a pensar que el  Estado es un agente que puede y debe proveer bienes y servicios como  retorno al contribuyente (lo que actualmente se tiene), manteniendo esa  lógica, tampoco nos parecería raro que si en tal caso fuese cierta la  premisa inicial (el Estado debe proveer bienes y servicios), tendría sentido  que existieran las empresas estatales. 

No obstante, aquí es donde la teoría debe adaptarse a la realidad y no al  revés. Las teorías políticas y económicas que ponen al Estado en su centro  de análisis y cuestionan su rol en la intervención de las economías, en  los últimos años, han comenzado a emerger notoriamente. Según el  planteamiento de la escuela austríaca de economía y, en complementación de la corriente neoinstitucional, el Estado enfrenta el problema del  conocimiento y de los incentivos para resolver los problemas o desajustes  que se producen en las relaciones económicas. Todo esto, en un contexto  donde la economía se desarrolla en entornos dinámicos,  de allí su complejidad; compuesta por todas las acciones de los agentes  que expresan su decisión a través de un sistema de precios que facilitaría  la coordinación económica, que, a su vez, cada una de esas decisiones  que sustentan este sistema serían de evento único, es decir, irrepetibles.  

Esto permite vislumbrar aún más la naturaleza compleja que debe  enfrentar un planificador central si quiere ejercer la función de coordinador de  la economía, dicho de otro modo, significa tener el conocimiento sobre: Qué  producir, cómo producir y cuánto producir. Evidentemente, aunque  supongamos que esto pueda ser conocido (argumento tecnológico), aun así, no podría superarse el problema de incentivos, estaríamos hablando  de dar con un ente incorruptible entregado al cien por cien para alinear sus planes con los intereses de  toda una población, en suma, esto significa encontrar a un ente sin  incentivos para perseguir sus propios fines, algo que desde Adam Smith,  hace muchísimos años ha quedado ampliamente entendido en su obra  «Riqueza de las Naciones» donde explicaba que; “No es de la benevolencia  del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra  cena, sino de su propio interés.” 

De esta breve reflexión podemos avanzar marcando una línea de conclusión —aunque no será el eje central en este artículo—, la teoría  económica moderna indica que, un correcto funcionamiento de los  mercados implica que el Estado no deba intervenir. Es una premisa sencilla  que allí donde se ha aplicado en mayor grado ha resultado ser exitoso,  porque la intervención estatal inherentemente conlleva a la restricción de  libertad económica, véase los índices de países más libres en Heritage  Foundation o Fraser Institute, luego como ejercicio de comparación en los  informes anuales de estas instituciones, nótese en los datos sobre el grado  de intervención del Estado en asuntos económicos (burocracia, presión  fiscal, barreras impositivas, etc.), lo usual es observar que aquellos países  con mayores índices de libertad, mantienen bajos índices de intervención estatal  en la economía. Sin embargo, al margen de que la intervención provoca  males que pueden evitarse. Cabría preguntarse, ¿El Estado, al menos, podría  actuar como una empresa? Y, por lo tanto, ¿sería capaz de satisfacer produciendo mejor para los consumidores? En este sentido, el aparato  estatal enfrenta también el problema de desentendimiento de los tres  mundos: 

Configuración de sociedad civil, mercado y Estado; una tesis amplia y  sistemática que Murray Rothbard desarrolló en su tratado de principios de economía «El hombre, la economía y el Estado, 1962» . La estructura estatal en  los tiempos actuales podría desempeñar, en última instancia, como institución 

base exclusivamente para sostener un marco normativo que garantice y  proteja el resto de instituciones que posibilitan el libre intercambio y las  intersecciones con la sociedad civil, antes que imitar la actividad  empresarial, forzando la intersección entre mercado y sociedad civil bajo  un plan centralizado, de allí que el aparato estatal se “desentienda” del  problema de los tres mundos y se extralimite, equivocadamente, en tener un rol  activo en el plano económico. 

En el corazón de la perspectiva austríaca se sostiene que el  conocimiento relevante para la asignación de los recursos está disperso  entre millones de agentes, esto es muy importante, porque el Estado como  empresa no sería capaz de tener ventaja comparativa en absolutamente  todo, por eso existen empresas especializadas en cada sector, porque hay  división del trabajo y división del conocimiento. La empresa estatal al tener  acceso a recursos públicos no sería consciente dónde deben ser invertidos  dichos recursos atendiendo al grado de urgencia y escasez relativa de los  recursos totales disponibles, esto sucede porque la función empresarial es más  que solo administrar o gestionar los medios, es más parecido a una habilidad  que todos poseemos en mayor o menor medida, pero que está sometida  a una prueba de pérdidas y ganancias cruciales para el éxito, pero que la empresa estatal difícilmente podría obtenerlo, porque como bien se ha dicho antes, no involucra  capital o recursos propios, no tiene incentivos claros para que sus  decisiones lleguen al mejor puerto posible en términos de eficiencia y  minimización de costes. Para clarificar mejor esta explicación supongamos estos escenarios simples: 

Si una empresa emplea mal los recursos disponibles en una línea de  producción donde no hay necesidad de que sean invertidos, la empresa  debe enfrentar la quiebra o reasignar su línea de producción y satisfacer  en todo momento lo que la demanda le está exigiendo, este mecanismo  penaliza al empresario y corrige sus decisiones a través de señales, que a fin  de cuentas, sirven para optimizar los recursos, consiguiendo que no se  desperdicien.

En cambio, si una empresa estatal emplea mal los recursos disponibles, en principio,  no tiene incentivos a dejar de producir ni de reasignar su línea de  producción, al contrario, los incentivos le indican que debe producir un  mínimo necesario para mantener el servicio por razones políticas que, de  alguna manera, siempre habrá quienes se benefician de aquellos bienes que  estarían con precios artificiales, aunque esto suponga que la empresa estatal esté operando bajo pérdidas, es decir, desperdiciando recursos y,  socializando las pérdidas con todos los contribuyentes. 

¿Entonces, cómo es que realmente las empresas pueden ser los  mejores vehículos para asignar los recursos escasos de la economía? 

Es a través del individualismo metodológico, un método basado en las  acciones, decisiones y preferencias que, en condiciones de libertad sirven como información base para el capitalismo de libre empresa y, particularmente gracias a las  preferencias subjetivas de los individuos que son sometidas a un proceso  mental y ordinal, formando una escala de preferencias personales,  posibilitan la asignación de grados subjetivos de necesidad valorando qué fines desean satisfacer con más urgencia y de qué medios disponen para ello. Esto culmina en la acción  del individuo para elegir entre los diversos bienes y servicios ofertados  por los empresarios, inicialmente con una suerte de “prueba y error” en la  cantidad de producción, pero que eventualmente por el principio de  «preferencia revelada», es el consumidor quien actúa en el libre intercambio  revelando sus preferencias cuando vota en el mercado sobre qué consumir y  en qué cantidad hacerlo. Esto termina generando el llamado sistema de  precios relativo, el cual posibilita el cálculo económico cuando son  captados como una especie de señal por los empresarios para ajustar de  la mejor forma su producción de acuerdo a sus propios intereses (maximizar  beneficios, minimizar costes); un precio alto o un precio bajo, es una idea  clara que todos tenemos dentro de nuestra escala de preferencias, pero  que para los empresarios es información valiosa, que, analizan  cuidadosamente para basar sus decisiones de producción e inversión, de esta manera, la institución de libre mercado en el capitalismo funciona como  mecanismo coordinador de esa información tácita que están en los precios, porque han sido revelados por los consumidores a través de la acción de comprar determinados bienes de consumo; cuando las empresas canalizan esta señal se convierten en agentes de coordinación económica. Por otro lado, cuando una empresa decide invertir en una nueva línea de producción, enfrenta directamente el riesgo financiero de su decisión: si la demanda real difiere  de sus previsiones, absorberá la pérdida y ajustará su estructura de costes; si acierta, obtendrá una ganancia que incentiva más innovación. En  cambio, una entidad estatal que imita procesos empresariales carece de esta clara señal de precios ajustada al riesgo, pues su presupuesto y  resultados están sujetos a decisiones políticas y a los recursos públicos que tienden a desperdiciarse sin optimizar por falta de incentivos como se ha explicado antes. Este desfase de alinear los incentivos con buenas decisiones económicas, explican los intentos fallidos de planificación centralizada a través de empresas estatales, por ejemplo, como sucede habitualmente en ferrocarriles o telecomunicaciones,  Así ocurrió en la nacionalización del sistema ferroviario británico tras  la segunda guerra mundial donde finalmente terminaron con sobrecostes en la  implementación. 

El Estado está constituido por actores políticos, legisladores, burócratas,  lobbies, funcionarios, etc. que buscan maximizar su propio bienestar, no  el interés público per se, como sugiere la moderna teoría de Public Choice aplicando el análisis económico a la función política. Cuando el sector público asume funciones empresariales sin competencia efectiva, se crean «rent– seeking games», los grupos de interés presionan para obtener subsidios,  aranceles protectores o contratos gubernamentales elevando el coste  social de la provisión de bienes. A diferencia de las empresas privadas  sometidas a disciplina competitiva —donde la quiebra o la pérdida de  cuota de mercado son sanciones inmediatas—, el aparato estatal suele  financiar sus desvíos o malas inversiones con impuestos o deuda pública,  diluyendo así las señales de eficiencia y promoviendo la expansión  burocrática. El Estado al frente de la iniciativa empresarial, también puede crear monopolios artificiales que dificulten el nacimiento de empresas de escala y altamente productivas, capaces de reducir costes y abaratar los  precios de los bienes, incluso, aumentando la calidad de bienes finales para el  consumidor. 

El monopolio artificial actuaría como una barrera de entrada dañina que estaría extrayendo recursos adicionales innecesariamente de los  ciudadanos. La historia económica ha demostrado que las instituciones  formales (leyes, contratos) e informales (normas sociales, redes de  confianza) determinan los costes de transacción: la búsqueda de  información, la negociación de contratos y la ejecución de acuerdos, son  buenos incentivos que guían a la empresa. En una empresa privada, la  estructura de gobernanza, tiene mecanismos claros de rendición de  cuentas; los accionistas pueden vender sus títulos ante una mala gestión  y las propias exigencias institucionales de los mercados financieros  imponen transparencia, mientras que, en el Estado las responsabilidades  son difusas y, a menudo quedan impunes casos de despilfarro o lucro  personal de inversiones públicas, a través de la llamada «especulación  política.» De esta manera, la estructura estatal desempeñando el rol de una  empresa, no atendería a estructuras de costes, mezcla objetivos de bienestar  social, redistribución y estabilidad política, finalmente se traducen en  subsidios cruzados e incluso iniciativas excluyentes entre sí que impiden  que el precio refleje la escasez relativa y el coste de oportunidad. Por  ejemplo, un gobierno gracias a la estructura estatal puede decidir destinar  recursos con cierta afinidad partidista hacia sectores de producción  contaminantes a cambio de apoyo de un determinado sector y, a la misma  vez, defender políticas anticontaminación. 

En definitiva, no existe incentivo alguno, sino varios problemas para  que el Estado en la lógica empresarial, deba proveer de bienes y servicios  como lo hacen las empresas, cuando lo intentan, generan déficits con las  empresas estatales y, en primera instancia no se corrigen por ajuste de  precios, sino por transferencias fiscales o incrementos presupuestarios,  desincentivando la contención del gasto y perpetuando ineficiencias 

acumulando el sangrado al bolsillo del contribuyente. En última instancia,  el Estado, no puede ser capaz de satisfacer las necesidades y preferencias  de los ciudadanos como consumidores, ese papel lo ha desempeñado  correctamente la empresa desde tiempos lejanos. Asimismo, cuando se le  dota de un marco institucional de libre empresa, libre mercado, sobre  todo, propiedad privada como principio habilitante del sistema de precios  relativo, la empresa se convierte en agente de coordinación eficiente y,  termina resolviendo allí donde el Estado se extralimita para terminar  fracasando, desperdiciando recursos que promete incrementar.


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