Cervantes fue un novelista del Siglo de Oro español, a caballo entre finales del siglo XVI y principios del XVII. Escribió lo que, a mi juicio —quizá un poco sesgado—, es la mejor obra de la historia de la humanidad por su originalidad, su importancia y su trascendencia: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Y ustedes se preguntarán qué tiene que ver el Quijote con la Escuela Austriaca de Economía. Esa es, precisamente, la pregunta que yo me hice al iniciar este trabajo.
Para responderla hay que remontarse a la Escuela de Salamanca. Mis dos núcleos dentro de la tesis son, por tanto, la Escuela de Salamanca y la obra de Cervantes en el marco del Siglo de Oro literario. Muchos autores, como el propio Jesús Huerta de Soto, consideran la Escuela de Salamanca como el inicio de la Escuela Austriaca de Economía, hasta el punto de que habría que llamarla no Escuela Austriaca, sino Escuela Española de Economía. Y en parte tienen razón: muchas de las ideas que defendería después la Escuela Austriaca —la limitación del poder, la subjetividad del valor, el individualismo o el reconocimiento de que los monarcas envilecían la moneda y hacían perder poder adquisitivo a la población, como expone Juan de Mariana en su De monetae mutatione— ya estaban presentes casi 300 años antes en la Escuela de Salamanca.
Existe un debate sobre si cabe hablar de «escuela» o no, pero sí podemos reconocer que había una serie de pensadores, con núcleo en la Universidad de Salamanca, que compartían un pensamiento similar: Francisco de Vitoria, Tomás de Mercado, Luis de Molina, Juan de Lugo o Juan de Mariana. Este año, por cierto, se cumplen 500 años de la obtención de la cátedra de Salamanca por parte de Francisco de Vitoria, hecho que para algunos historiadores marca el inicio de la Escuela. El propio papa León XIV, en su visita a España, hizo en el Congreso de los Diputados una mención a la Escuela de Salamanca, y también a Cervantes, al rememorar su definición de la libertad, una de las más bellas que se han dado nunca.
¿Qué tiene que ver, entonces, la Escuela de Salamanca con el Siglo de Oro y con Cervantes? Lo que me sorprendió al entrar en este mundo es que tenemos, de manera simultánea, la primera escuela de pensamiento económico moderno de la historia —la Escuela de Salamanca— y la primera novela moderna —el Quijote—, en el que es seguramente el momento más brillante de la literatura universal. Pensé que quizá fuera casualidad, porque la historia está llena de azar, pero también que quizá no lo fuera. ¿Por qué hemos estudiado siempre por separado la Escuela de Salamanca, como pensamiento económico, y el Siglo de Oro, como literatura? Ambos son igualmente brillantes por su originalidad, por cómo se adelantaron a su tiempo y por su realismo, y sin embargo nadie los había vinculado.
Mi tesis principal es la siguiente. Es cierto que las ideas de la Escuela de Salamanca no tuvieron al principio una repercusión mundial, aunque algunos pensadores ingleses y, posteriormente, muchos austriacos las leyeran —es muy conocido que Murray Rothbard, en su historia del pensamiento económico, cita constantemente a los autores salmantinos—. Hubo un impasse: puede que sus ideas triunfaran, pero no se reconoció el mérito a sus autores, que quedaron en el olvido hasta tiempos recientes. El Quijote, en cambio, sí tuvo una enorme repercusión mundial, y muy pronto: tras un comienzo discreto, se convirtió rápidamente en una obra importantísima, traducida a todos los idiomas. Y pensé: es posible que las ideas de la Escuela de Salamanca influyeran en el Quijote, que Cervantes se empapara de ellas y las plasmara en su obra, y que esas ideas primigenias de lo que podríamos llamar la Escuela Española —o Española-Austriaca— de Economía triunfaran a nivel mundial no a través de sus autores, ni de la Ilustración escocesa o de los pensadores austriacos y alemanes del XIX y principios del XX, sino mucho antes, gracias a la expansión de la obra de Cervantes.
Cervantes no escribió solo el Quijote: escribió también teatro, del que hemos perdido casi todo salvo alguna obra como La Numancia; poesía, muy criticada pero brillante en algunos aspectos; y las Novelas ejemplares, tremendamente interesantes desde el punto de vista económico —recomiendo especialmente Rinconete y Cortadillo—. Pero, leyendo y analizando el Quijote desde una perspectiva austriaca, me di cuenta de que contenía cosas realmente interesantes. Hasta el punto de que creo bastante probable que Cervantes, con intención o sin ella, defienda en su obra la subjetividad del valor.
Pondré un ejemplo. El Quijote tiene dos partes, publicadas en 1605 y en 1615. En el capítulo 18 de la primera parte, a mi juicio, Cervantes da unas primeras pinceladas de la resolución de la paradoja del valor: aquella que Adam Smith no supo resolver, la de por qué pagamos mucho más por un puñado de diamantes que por agua, cuando el agua es infinitamente más importante para sobrevivir. Es algo que Carl Menger resolvería en 1871, en sus Principios de economía política, al introducir la utilidad marginal: cuando elegimos entre diamantes y agua no elegimos entre todos los diamantes y toda el agua del mundo, sino en cantidades marginales, y eso hace que cada bien se valore de forma subjetiva.
Pues bien, en ese capítulo 18 don Quijote va por el campo y se topa con un rebaño que levanta una polvareda; cree que es un ejército de soldados y, lanza en ristre sobre Rocinante, embiste contra él. Los pastores, furiosos al ver cómo arremete contra sus reses, le arrojan piedras a la cara para defenderse, y don Quijote acaba magullado y casi desdentado —algo muy propio de la obra, donde siempre sufre daño físico—. Al final del capítulo, como suele ocurrir, hay una conversación entre él y su escudero, Sancho. Y don Quijote, con las muelas destrozadas, le dice: «Por qué más se ha de estimar un diente que un diamante».
Cuando leí esto, lo contrasté con algunos estudios sobre el Quijote y la economía, y pensé que no se había reparado en que esta frase es, en realidad, una resolución de la paradoja del agua y los diamantes y un ejemplo perfecto de la subjetividad del valor. En aquella época los diamantes eran tan valiosos como hoy —Cervantes los elige precisamente por eso—, y sin embargo don Quijote prefiere sus dientes. Está resolviendo en una sola frase lo que Adam Smith no supo resolver más de doscientos años después. ¿Por qué prefiere el diente? Porque no está eligiendo entre un diente y un diamante cualesquiera, sino entre tener sus propios dientes y tener un diamante. Ahí, en función de sus circunstancias personales, don Quijote expresa la subjetividad del valor.
Vayamos con dos pinceladas más. La primera: en el capítulo 13 de la segunda parte hay una cata de vinos que me parece una metáfora perfecta de la imposibilidad de que el Estado articule la información necesaria para que la economía funcione. Es, en esencia, lo que Ludwig von Mises planteó hacia 1920-1922 sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, y lo que enseñó la Escuela Austriaca —y Jesús Huerta de Soto en su Socialismo, cálculo económico y función empresarial—: que la información es tácita, no articulable y subjetiva. Todo eso está representado en esa pequeña cata de vinos. A mí, al menos —y puede que me equivoque—, me resultó extraordinario.
La segunda: la relación entre Sancho y don Quijote, que es en realidad una relación contractual entre dos personas libres, muy interesante de estudiar como contrato. Don Quijote promete a Sancho, como pago en especie, una ínsula que gobernar; y en los capítulos de la ínsula de Barataria, en la segunda parte, Cervantes escribe, de la mano de Sancho, un auténtico manual de príncipes, al estilo de los de Erasmo de Rotterdam o de El príncipe de Maquiavelo, pero, sobre todo —y por esto se vincula con la Escuela de Salamanca— al estilo del que escribió Juan de Mariana. Mariana escribió De rege et regis institutione, un manual de príncipes que en algunos pasajes es incluso más brillante que el de Maquiavelo. Sancho articula cómo debe ser un buen gobierno, con puntos muy aristotélicos, e insiste en la importancia de la limitación del poder. Y el De rege et regis institutione se publica el mismo año que el Quijote, hacia 1605. Puede que sea casualidad, o puede que no.
Puede que el Quijote estuviera empapado de las ideas del Siglo de Oro y de la Escuela de Salamanca, que Cervantes las plasmara —posiblemente sin querer— en su obra, y que el Quijote haya servido de canalizador de esas ideas por todo el mundo. Lo cual sería muy hermoso, porque habríamos conquistado el mundo de las ideas no a través de ensayos filosóficos ni de libros sesudos, sino a través de un caballero andante y su pequeño escudero.
Los contenidos publicados no representan comunicaciones oficiales de la universidad ni han sido sometidos a revisión académica formal. Cada artículo refleja únicamente la opinión o el trabajo de sus autores, en el marco de un proyecto abierto, dinámico y plural impulsado por y para los alumnos.




