Una de las chimeneas no cayó del todo. A veces el hormigón se resiste más que la sociedad. 

En dos líneas (para el que viene con prisa)

Finalmente han volado las chimeneas de Compostilla II. Me ha dolido verlas caer, porque eran “casa”. Pero el Bierzo no murió aquí: murió el día que se decidió el cierre. El derribo es el final visible de una política energética donde el coste micro lo pagan siempre los mismos. El debate no era si caían las chimeneas. El debate era por qué se apagó el Bierzo productivo… y qué nos dieron a cambio.

Qué ha pasado (y por qué solo es el final)

Endesa ha demolido las dos chimeneas (y la nave de tolvas) en el marco del desmantelamiento de Compostilla II. La operación se ejecutó con 1.074 kg de explosivos, sobre estructuras que sumaban 44.000 toneladas, y con el mensaje corporativo de siempre: “economía circular” y “revalorización de materiales”. Y aquí llega la metáfora involuntaria perfecta para el cierre: una de las chimeneas no cayó del todo y quedó parcialmente en pie tras la voladura.

La línea temporal real (la decisión no es de 2026)

canta que miremos el humo del derribo, porque así olvidamos el papel que se firmó antes.

  • 2018: la empresa solicita el cierre (en el contexto de un marco regulatorio y de costes que vuelve el carbón cada vez menos viable).
  • 2020: el cierre se formaliza por vía administrativa y el “carbón competitivo” se convierte en fósil político: se cierra, punto.
  • 2026: se derriba el símbolo. El final visible. La imagen.

Conclusión: en 2026 no se decide nada. En 2026 se ejecuta lo que se decidió hace años. “Lo de hoy es polvo. Lo de entonces fue destino.”

Por qué se cerró (sin conspiraciones: incentivos y regulación)

Aquí conviene decirlo sin florituras: no fue magia. Fue economía política. El cierre encaja con una combinación de factores:

  • Coste del CO₂ (hacer carbón cada vez más caro).
  • Exigencias ambientales europeas (inversiones, límites, cumplimiento).
  • Fin de periodos transitorios que permitían a ciertas plantas operar con márgenes regulatorios.

Tú puedes estar a favor de descarbonizar. Perfecto. Pero entonces toca responder la pregunta que nadie quiere responder: ¿Quién paga la transición… y quién se queda la foto?

El golpe micro (dato duro): empleo afectado

Cuando se habla en “macro”, la gente se vuelve cínica por necesidad. Porque el macro no te paga la hipoteca. En cifras oficiales de seguimiento de cierres de térmicas, para Compostilla aparecen:

  • 159 empleos propios afectados
  • 149 empleos auxiliares afectados
  • 308 empleos afectados en total

Y eso es solo el perímetro directo/auxiliar identificado. Después viene lo que no sale en tablas: contratas recurrentes, talleres, logística, hostelería, alquileres, comercio… el famoso “efecto arrastre” que en Madrid se nombra y aquí se sufre.

“Transición Justa”: lo que hay… y lo que no cuadra

Sería falso decir “no se ha hecho nada”. Hay convenios, hay líneas, hay ayudas, hay comunicados. En el marco Bierzo-Laciana se han reportado:

  • 5,34 M€ concedidos en 28 proyectos empresariales
  • con previsión/creación declarada de 249 empleos

Ahora, la pregunta que molesta no es “¿hay dinero?”, sino:

  • ¿Esos empleos son comparables en estabilidad y salarios?
  • ¿Son proyectos viables sin respiración asistida?
  • ¿Cuántos sobreviven cuando se acaba la convocatoria?
  • ¿Cuánto tejido productivo real se reconstruye… y cuánto se maquilla?

Porque subvención no es mercado. Subvención es transferencia. A veces ayuda, sí.

Pero también puede convertirse en una economía de permiso: vives si te aprueban. “Si destruyes capital productivo y lo sustituyes por subvenciones, no haces transición: haces anestesia.”

El pan y circo con logo: Dinamiz-ARTj

Aquí es donde el relato se vuelve casi insultante. En las zonas de Transición Justa se ha impulsado Dinamiz-ARTj: programación cultural subvencionada. Y esto, que en abstracto suena bonito, en el terreno se percibe con una mezcla de gratitud y rabia:

  • musicales gratis o casi gratis
  • teatro a precio simbólico
  • y antes de empezar: mención obligatoria del programa, logos, “gracias a…”, publicidad institucional

No es imaginación: el programa incluye guías y obligaciones de visibilidad (menciones, logos, difusión), incluso con condiciones de cumplimiento para el cobro. Y aquí es donde mi frase sale sola: Hemos perdido empleos estructurales y a cambio nos dan “evento subvencionado + anuncio del subvencionador”. Pan y circo… pagado por el propio público. Que nadie me malinterprete: no estoy contra la cultura. Estoy contra usar cultura como sustituto de economía. Estoy contra que se venda como “justicia” lo que es “calmante”.

“Esto solo pasa en España”: matiz necesario (y el punto clave)

No: no es exclusivo de España. Europa lleva años cerrando carbón. Países como Portugal han salido del carbón; Reino Unido cerró su última gran central recientemente. Pero hay un detalle que destruye el dogma: Cuando la realidad aprieta… algunos países reactivan carbón. Con la crisis energética, varios países han tomado medidas temporales para asegurar suministro (Alemania, Países Bajos, Austria). Es decir:

  • cuando hay riesgo de escasez o precios desbocados,
  • el “prohibido” se vuelve “provisionalmente necesario”.

Traducción: hay países que se adaptan a la realidad física del sistema energético.

Aquí, en cambio, se vende el cierre como virtud moral irreversible… aunque el coste social lo pague una comarca concreta. 

El falso debate: ¿había que tirar las chimeneas? 

Una vez decides cerrar y desmantelar, para mí el debate de “mantenerlas en pie” era casi tramposo. Porque si no se van a usar, mantener dos estructuras gigantes implica:

  • mantenimiento
  • seguridad
  • responsabilidades
  • costes recurrentes

Y eso acaba en el sitio de siempre: nuestro bolsillo (vía impuestos, tarifas, partidas, subvenciones cruzadas… el mecanismo da igual; el pagador suele ser el mismo). Sí, me ha dolido verlas caer. Sí, me va a doler volver y que no estén. Pero la nostalgia no es un plan económico. “Que me entristezca no lo convierte en sensato.”

El verdadero veredicto (mi punto de vista, sin pedir perdón)

Esto es planificación política en estado puro:

  1. Se fija el objetivo desde arriba.
  2. Se diseña el marco regulatorio que hace inviable competir.
  3. Se ejecuta el cierre.
  4. Se vende como progreso.
  5. Y cuando llega la factura social, se reparte: formación, programas, convenios… y cartelera.

Mientras tanto, lo que se pierde no es solo electricidad: se pierde densidad industrial, empleo estructural, orgullo productivo y futuro tangible. Y aquí también hay crítica para nosotros: como sociedad tragamos demasiado. Nos indignamos poco, tarde y con baja intensidad. Nos entretienen con titulares y eventos. Y seguimos.

La chimenea que sobrevivió

Una de las chimeneas no cayó del todo. Y no puedo dejar de verlo como símbolo: las torres se han resistido más a caer de lo que nos hemos resistido nosotros a resistirnos a este absurdo. La clase política no planifica: reparte costes y se queda el relato. Y nosotros, por comodidad o cansancio, lo aceptamos. Y aquí viene el problema de fondo: cuando la Agenda 2030 se convierte en religión política, el debate deja de ser económico y se vuelve moral. Y entonces todo vale: cerrar, desmantelar, subvencionar, propagandear… siempre que el titular “verde” salga limpio.

Si la Transición “Justa” acaba siendo subsidio, propaganda y eventos, no es justicia: es domesticación. Ni El Bierzo ni Cubillos necesitan aplausos y carteleras: necesitan libertad para producir, invertir y competir sin permiso.