Soy un lector conservador, lo admito. Cuando leo un libro me tomo en serio la tesis de su autor y tiendo a conceder lo que Montesquieu pedía de sus lectores: que una obra se tome como un todo y no por fragmentos. Que se acepte en su totalidad o se critique en su totalidad. Como lector, mantengo además un respeto deferencial hacia aquellos autores que han marcado de verdad la historia de las ideas.
Benjamin Constant es uno de ellos. Uno de esos liberales clásicos que siguen apareciendo una y otra vez cuando se quiere pensar seriamente la libertad. Su breve texto La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos es una pequeña joya: pocas páginas, muchísima densidad. Y, dicho sin rodeos, su tesis principal me parece acertada. Los antiguos no valoraban la libertad privada como lo hacemos los modernos. Esa idea tan querida hoy —la de una esfera personal protegida frente al poder— no fue central en el mundo antiguo. En ese sentido, Constant tiene razón.
Se repite a menudo, con la seguridad de quien cree estar diciendo una obviedad, que los antiguos no conocían la libertad individual. Y, en términos generales, la afirmación funciona. Pero como toda obviedad histórica, empieza a chirriar cuando se la examina de cerca. Decir que en Atenas no existía ninguna forma de libertad privada no es del todo preciso. Decirlo de Esparta, en cambio, es bastante justo.
Esparta fue, probablemente, la fantasía de todo amante del orden absoluto. Allí el individuo vivía casi enteramente para la ciudad. La educación, las costumbres, la disciplina cotidiana y el modo de vida estaban regulados hasta el detalle. La libertad no consistía en elegir cómo vivir, sino en cumplir bien la función que la polis te había asignado. Hablar de vida privada, en ese contexto, roza el anacronismo.
Atenas es otra cosa. Cuando Pericles elogia la grandeza de su ciudad en el famoso discurso fúnebre que recoge Tucídides, no se limita a celebrar la participación política o el valor militar. Dice algo más incómodo para el tópico habitual: que la libertad que disfrutan los atenienses en el gobierno se extiende también a la vida cotidiana. Que no viven bajo una vigilancia recelosa, que no se enfadan con el vecino porque viva como le dé la gana. Esto no describe solo autogobierno colectivo; describe una cierta tolerancia hacia la vida privada.
Este matiz no pasó desapercibido para Friedrich Hayek. En Los fundamentos de la libertad, Hayek reconoce que es cierto que muchas sociedades antiguas desconocieron la libertad individual, pero añade una precisión decisiva: ese juicio no puede aplicarse sin más a la Atenas de su época de esplendor ni a la Roma republicana tardía. No es una refutación frontal de Constant, pero sí una advertencia contra la simplificación excesiva.
Ahora bien, conviene ser justos. Constant no ignoraba el caso ateniense. De hecho, lo reconoce explícitamente como una excepción llamativa. Pero su objetivo no era escribir una historia detallada de Grecia, sino establecer una distinción conceptual que sigue siendo extremadamente útil. Para él, la libertad de los antiguos se definía ante todo como participación directa y constante en el poder político. Ser libre era deliberar, votar, juzgar, decidir sobre la guerra y la paz. Era una libertad pública, intensa y exigente, que absorbía tiempo y energía. A cambio, dejaba poco espacio para una vida privada independiente del juicio de la comunidad.
La libertad de los modernos, en cambio, se articula de otra manera. En sociedades grandes, comerciales y complejas, la participación política directa pierde centralidad. El individuo se diluye en la multitud y apenas percibe el efecto de su intervención. Por eso, la libertad pasa a vivirse sobre todo como independencia personal: poder pensar, trabajar, creer y vivir sin interferencias constantes del poder. No tanto mandar como no ser mandado arbitrariamente.
En este punto, Constant acierta plenamente. Y acierta también en su advertencia contra quienes intentaron trasladar el ideal antiguo de participación total al mundo moderno. El resultado no fue una ciudadanía más libre, sino una presión política asfixiante sobre la vida privada. La libertad pública, cuando lo invade todo, puede convertirse en una forma refinada de opresión. No es casual que Platón y Aristóteles insistieran en que deben gobernar las leyes y no la voluntad cambiante del pueblo.
Y, sin embargo, la libertad puramente individual tampoco termina de convencer del todo. A veces da la impresión de funcionar como una consolación: el precio que pagamos por haber renunciado a mandar directamente, delegando el poder en representantes y partidos políticos. Quizá por eso haya algo en el espíritu combativo griego a favor de la libertad que no deberíamos perder del todo.
El problema aparece cuando Atenas se trata como una rareza sin consecuencias. Atenas no fue una ciudad marginal ni irrelevante. Fue el centro intelectual del mundo clásico, una referencia constante para Roma y, a través de Roma, para buena parte de la tradición política occidental. Lo que ocurrió allí no fue un accidente histórico. En Atenas empieza a emerger algo decisivo: la idea de que la vida del individuo no se reduce por completo a su función política.
Esto no convierte a Atenas en una sociedad liberal avant la lettre. La esclavitud, las exclusiones y las desigualdades estaban ahí, sin disimulo. Pero sí indica que el individuo comienza a adquirir un peso moral propio. No es solo un ciudadano que vota y combate; es alguien cuya manera de vivir importa. Ese germen no es moderno en sentido estricto, pero tampoco es irrelevante.
Bien leído, Constant no niega esto. Su preocupación es otra, y sigue siendo profundamente actual. La libertad moderna, basada en la protección de la esfera privada, tiene un riesgo silencioso: que los ciudadanos, absorbidos por sus asuntos particulares, abandonen la vida pública sin darse cuenta. Que confundan libertad con desinterés político. Que deleguen tanto que acaben perdiendo incluso aquello que delegaron.
Visto así, Atenas no desmiente a Constant; lo matiza y lo enriquece. La historia de la libertad no es una ruptura limpia entre antiguos y modernos, sino una transición llena de tensiones. El individuo no aparece de la nada en la modernidad. Ya estaba asomando en Grecia, de forma frágil, incompleta y contradictoria.
Quizá la lección más interesante no sea decidir quién tenía “más” libertad, sino recordar que la libertad siempre camina sobre una cuerda floja: demasiado poder colectivo asfixia al individuo; demasiado repliegue privado vacía la vida política. Entre ambos extremos se mueve una conversación que no empezó ayer y que, esperemos, tampoco va a terminar mañana.
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