En la última década, hemos sido testigos de un profundo resurgimiento de los movimientos identitarios en Occidente. El feminismo, el movimiento negro (Black Lives Matter) o el colectivo LGTB no son luchas recientes; muchas tuvieron su auge en el siglo pasado (principalmente en los setenta). Sin embargo, tras un periodo de relativa estabilidad económica, la cultura académica pareció reenfocarse en estos problemas, quizás abandonados durante décadas. Este auge, a veces aglutinado bajo términos como “social justice warriors” o "movimiento woke", despertó en las nuevas generaciones una búsqueda de justicia que parecía latente. Como hemos comentado en otras ocasiones, toda acción tiene su reacción. Aunque inicialmente estas ideas lideraron en la academia y la cultura —impulsando fenómenos como el movimiento #MeToo, la llamada "cultura de la cancelación" o intensos conflictos en campus norteamericanos—, también apelaban a una parte muy importante de la población de una forma particular. Se popularizó un mensaje que dividía el mundo entre oprimidos y opresores ("o estás conmigo o estás en mi contra"). La lógica infalsable subyacente era: "o aceptas tu realidad de victimario y te arrepientes, o tu negación es la prueba misma de que lo eres".
Sin embargo, esta narrativa no generó una sociedad de individuos arrepentidos. Para muchos jóvenes y grupos que se sintieron convertidos en chivos expiatorios, fue el caldo de cultivo idóneo para despertar una reacción defensiva. Aquellos que sentían que se les señalaba injustamente —"eres agresor por ser hombre", "eres agresor por ser blanco", "eres agresor por ser heterosexual"— no interiorizaron la culpa. Por el contrario, se activó una especie de profecía autocumplida: se terminaron acercando precisamente a aquello de lo que se les acusaba. El perfil del "joven blanco heterosexual", que quizás dos décadas atrás no se consideraba una identidad política en sí misma, encontró en ciertos mensajes cercanos al nacionalismo, la antiglobalización o el anti-feminismo, un refugio contra lo que percibían como un ataque. El éxito de figuras como Donald Trump, el cambio de rumbo en las redes sociales y el despertar de movimientos abiertamente de derechas, anti-izquierda (anti-woke) o antisistema, especialmente después de la pandemia, son prueba de ello. Movimientos como el redpill, el auge de las tesis contrarias a la inmigración han sido, en muchos sentidos, frutos de un movimiento que pretendía eliminarlos, cuando quizás, en esa forma, ni siquiera existían. Como reza el adagio, "uno cumple su destino en el camino que toma para evitarlo".
Para muchos, este giro podría parecer un final feliz, una suerte de justicia divina contra tesis académicas que intentaban resolver la realidad con eslóganes fáciles y una marcada superioridad moral. Es fácil caer en la tentación de celebrar esta "derrota" del progresismo. Sin embargo, esta visión ignora la complejidad política. Más que un final feliz, es una advertencia. Los que piensan que "se está ganando la batalla", que se está acabando lo woke y que es el fin, están pecando exactamente del mismo problema que critican. Como diría María Blanco González : "Votasteis gestos, tenéis gestos". Un fuego más grande no apaga otro fuego; para eso se necesita agua. Caer en el extremo contrario no trae equilibrio, sino que profundiza la fractura social. El problema de fondo es el propio reduccionismo: insistir en esta visión de 'buenos' y 'malos' es lo que nos impide encontrar una solución.
Estamos viviendo el nacimiento de tesis muy peligrosas en ambos extremos. En cierto modo, esto es natural en nuestro tiempo. Tras la pandemia, la migración al contenido digital es masiva, y las instituciones tradicionales pierden credibilidad. Aunque esto ha ayudado a que muchas tesis marginales con mucho valor se hayan vuelto conocidas, también ha ocurrido que tesis aún más problemáticas han cogido un peso alarmante. Los algoritmos y el contenido de plataformas como TikTok fomentan el ser breves y concisos, en una realidad que peca precisamente de lo contrario: ser compleja y difícil de entender. Determinados movimientos, tanto de la derecha como de la izquierda, e inclusive del propio movimiento libertario, son solo un ladrillo más en el muro del caos social. Las tragedias políticas recientes no son casualidad ni culpa exclusiva de un solo bando. Es culpa de un entorno que no quiere tratar al otro como un ser humano ni comprender su dolor. Es el mismo impulso que lleva a perfiles de uno y otro lado a reivindicar bandos de la Guerra Civil Española, olvidando la reconciliación de la Transición. La única forma de resolver ese trauma no es con más dolor y resentimiento, sino con un entendimiento del adversario ideológico como un humano, un "otro" igual de complejo que nosotros mismos. Nos estamos enfrentando a un mundo con cambios vertiginosos.
Nuevas guerras frías internacionales, cambios en la izquierda y la derecha hacia movimientos antisistema, la vuelta de tesis radicales abiertamente comunistas o fascistas, el crecimiento de tesis nacionalistas y conflictos religiosos... Estamos en un tablero donde todo indica que el caos, la guerra y la violencia acechan, recordando al reloj del fin del mundo por una inminente guerra atómica. Y solo hay una solución para esto. Entender al adversario. Dialogar. Aceptar la ignorancia propia y el partidismo inevitable de cada uno. No se trata de llegar a consensos falsos que silencien luchas legítimas, sino de debatir y enfrentar ideas desde el respeto y la honestidad intelectual.
De una forma u otra, todos somos parte de la misma especie y tenemos un camino en común. No vivimos en planetas diferentes, sino en un sistema profundamente interconectado. Y esa interconexión puede ser una herramienta para crecer y aceptar la riqueza de la humanidad, o una herramienta para destruir todo lo que hemos construido hasta el momento.
Los contenidos publicados no representan comunicaciones oficiales de la universidad ni han sido sometidos a revisión académica formal. Cada artículo refleja únicamente la opinión o el trabajo de sus autores, en el marco de un proyecto abierto, dinámico y plural impulsado por y para los alumnos.




